Contra todo esto - Un manifiesto rebelde

Explicação do patriarcado da forma mais simples e ...

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Explicação do patriarcado da forma mais simples e genial que já ouvi.







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O auxe do neofascismo e da extrema dereita en Europa perda de dereitos e...

Caetano Entrevista Boaventura de Sousa Santos






Palestina: La carretera del apartheid - Michele Giorgio

Palestina: La carretera del apartheid - Michele Giorgio | Sin Permiso



Palestina: La carretera del apartheid

Michele Giorgio 

08/03/2019
No resulta fácil llegar hasta la Ruta 4370 desde el centro de Jerusalén. En dirección noreste, tras rebasar el asentamiento israelí de French Hill, hay que girar en dirección a Jericó. Se pasan edificios de todas las formas y tamaños del campo de refugiados de Shuaffat, construidos unos encima de otros, a la izquierda y se toma la salida de a-Tur. Por último, después de atravesar calles casi desprovistas de toda señalización, se llega a una apertura en el muro de cemento, que construyó Israel alrededor del conjunto de Jerusalén,  incluyendo su parte oriental, árabe, ocupada en 1967.
Una gran puerta corredera de metal, recién instalada, queda abierta para los que vienen de Jerusalén, pero permanece cerrada para quienes viven en la Cisjordania ocupada.  Desde hace unas semanas, ha supuesto un obstáculo en la vida diaria de decenas de miles de palestinos. La controla la policía israelí.
Del otro lado está la Ruta 4370, que comunica la carretera nacional de Tel Aviv-Jerusalén con la colonia de Geva Binyamin. Las autoridades israelíes dicen que se trata de una “circunvalación” que permitiría que el tráfico fluyera de modo fluido en la entrada oriental de Jerusalén. Sin embargo, para los palestinos, así como para los activistas judíos contra la ocupación, la Ruta 4370 resulta más bien la “carretera del apartheid” por excelencia, la prueba de las intenciones de Israel de desarrollar dos redes de carreteras segregadas: una para los palestinos bajo ocupación y otra para los israelíes. Si se mira el plano  de la Ruta 4370 desde arriba, es difícil ver qué otra cosa se podría llamar.
La carretera, planificada primero en 2005 y cuya construcción había quedado interrumpida en 2017, discurre ahora a lo largo de unos cinco kilómetros y dispne de dos carriles, separados por un alto uro de cemento, que en algunos lugares llega a los ocho metros de alto. El carril oeste sólo resulta accesible para los palestinos, mientras que el carril este es para uso exclusivo de los israelíes. Permite a los colonos israelíes que viven en asentamientos al sur de Ramala entrar más fácilmente en  Jerusalén, circunvalando el puesto de control militar cerca de la aldea de Hizma.
Por otro lado, el carril palestino bloquea el acceso a Jerusalén y continúa hacia el sur de Cisjordania. Las obras siguen todavía en marcha, y una vez finalizadas, la Ruta 4370  encerrará a los palestinos que se desplazan del sur de Cisjordania a Ramala por la Ruta 1, que lleva hasta Jerusalén.
Mazen Malhi, vendedor ambulante, ha abierto un puesto en la Ruta 4370 en los últimos días y vende café y té a los automovilistas, que conducen casi todos vehículos con matrículas blancas, registradas por la Autoridad Nacional Palestina. “De cuando en cuando pasan coches y camiones con matrículas [israelíes] de números amarillos, pero no son israelíes, son palestinos de Jerusalén que trabajan o viven aquí, en Cisjordania”, explica mientras me sirve un café caliente. .
Detrás de mí, al otro lado del muro que divide los dos carriles, los coches que pertenecen a los israelíes pasan zumbando a gran velocidad, camino de Jerusalén.    “Esta nueva carretera es una desgracia”, afirma Mazen, que nació y se crió en el campo de refugiados de Shuafat. “Quienes viven en esta zona, si desean entrar en Jerusalén, no sólo necesitan disponer de un permiso expedido por el ejército, sino que tienen que ir diez kilómetros en un sentido y hacer otros diez kilómetros de vuelta. Pero Jerusalén está justo aquí, encima de nuestras cabezas. Puedes llegar andando en media hora”.
Los palestinos que viven en la periferia de Azzariye se encuentran en la misma situación. Viven en los arrabales de Jerusalén, y la mezquita de cúpula dorada, símbolo internacional de la ciudad, parece estar muy cerca de los tejados de sus casas. Sin embargo, tras la construcción del muro, que comenzó hace diecisiete años, los habitantes de  El Azzariye tienen que desplazarse cerca de doce kilómetros para llegar hasta Jerusalén, rodeando el muro y la colonia de Maale Adumim, la mayor de Cisjordania, y a la que Israel podría extender pronto la zona metropolitana de Jerusalén.
“Los palestinos pagarán un precio muy alto por la Ruta 4370. Varias aldeas cercanas a la ciudad quedarán totalmente aisladas”, advierte la ONG Ir Amim, que lucha por un  Jerusalén abierto tanto a los israelíes como a los palestinos sin restricciones.
La construcción de la Ruta 4370 forma parte del proyecto de la “Gran Jerusalén” que se propone integrar en la ciudad varias colonias del área circundante, convirtiéndolas en extrarradio de Jerusalén.El ministro israelí de Seguridad Pública, Gilad Erdan, se muestra orgulloso de la carretera nueva, que tendrá un de unos 9 millones de euros. En su opinión, supone “un ejemplo de nuestra capacidad de crear un terreno común entre palestinos e israelíes sin perder de vista los actuales desafíos en el campo de la seguridad”.
Para Yisrael Gantz, presidente del Consejo Regional que representa a cuarenta asentamientos israelíes, la Ruta 4370 constituye “la solución para los israelíes que trabajan, estudian y buscan diversiones en Jerusalén”. Los palestinos, sin embargo, no lo encuentran tan divertido. El Centro B’Tselem, que lucha por los derechos humanos en los Territorios Ocupados, afirma que se cierne hoy la “segregación de carreteras” para decenas de miles de personas que viven bajo la ocupación.
Jamal Jumaa, coordinador de la campaña Paremos el Muro, expresaba su consternación.  “Con esta carretera, Israel demuestra que está imponiendo un régimen de apartheid”. La Ruta 4370, añade, “representa la continuación lógica del proyecto del Muro de Apartheid [la barrera erigida por Israel en Cisjordania desde 2002]. El sistema del muro en su conjunto, carreteras, asentamientos, áreas cerradas, representa las fronteras de nuestros bantustanes”.
Jumaa recalca que la nueva carretera supone una transformación que forma parte de los planes israelíes de expansión y construcción de asentamientos en el área estratégica E1, el este de Jerusalén. Si se llevan a término, estos planes partirán Cisjordania en dos, anulando los últimos resquicios de la posibilidad de construir un Estado palestino con un territorio contiguo y con Jerusalén Este como capital.    
Todavía peor, estos planes están llevando a la anunciada expulsión de la comunidad beduina que ha estado viviendo durante decenios en la zona E1, sobre todo de los habitantes de Khan Al Ahmar; también se les han entregado órdenes de demolición a las familias palestinas de Anata. Hasta hace dos años, los EE.UU., el más estrecho aliado de Israel, se oponía al desarrollo de proyectos en la E1. Sin embargo, la administración de Trump, ha variado su rumbo, y al reconocer a Jerusalén como capital de Israel, ha dado luz verde de modo efectivo a los planes israelíes para el futuro de la ciudad que habían permanecido congelados durante años.
Hace dos semanas, docenas de activistas palestinos y judíos bloquearon unos minutos la Ruta 4370 hasta que intervino la policía israelí. Levantaron una pancarta que rezaba: “No al apartheid, no a la anexión” en árabe, hebreo e inglés. Sin embargo, parece haber sido la última de las protestas. Frente a la inminente apertura de la “carretera del apartheid”, la “comunidad internacional ha preferido cerrar los ojos y permanecer muda. 
corresponsal en Palestina del diario italiano il manifesto. Es autor con Chiara Cruzati del libro Cinquant´anni dopo, 1967-2017 (Alegre, 2017), sobre los territorios palestinos ocupados y el fracaso de la solución de dos estados.

Strambotic » Las siete miserias de Ferrol, el Detroit gallego

Strambotic » Las siete miserias de Ferrol, el Detroit gallego



Strambotic » Las siete miserias de Ferrol, el Detroit gallego



por Luis Landeira



“Uno de los grandes retos del periodismo moderno es escribir sobre Ferrol sin citar a Los Limones o a Detroit”, dijo la periodista M.J. Rico. Y tiene más razón que una santa. Yo mismo, tal vez por ser de Ferrol (“una ciudad donde perder es lo normal”, cantaron Los Limones) acabo de perder el reto entre el titular y el primer párrafo.
¿Pero es que hay otra forma humana de abordar un texto sobre una ciudad tan decadente? Ustedes me dirán que “enumerando sus muchas virtudes”. Vamos a probar: Ferrol tiene un montón de cosas buenas, como las casitas con galerías blancas, las procesiones de Semana Santa, las simpáticas gaviotas, el castillo de La Palma o esas espectaculares playas salvajes que, gracias al tempestuoso clima y la remota situación geográfica, permanecen ajenas al rodillo turístico y… ¿ven como no funciona?
Volvamos al Ferrol apocalíptico: barrios en ruinas, tiendas cerradas, aguas apestosas… Todo esto queda mucho mejor para perpetrar un artículo sensacionalista. Sin ánimo de hacer leña del árbol caído, espero aportar un granito de arena para denunciar el terrorífico abandono que afecta a este lugar que, en tiempos mejores, vio nacer a figuras como Jesús Vázquez, Andrés do Barro, Carlos Jean, Jesús Ordovás o Pablo Iglesias (el socialista, no El Coletas).
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Un paro disparatado
Desde tiempo inmemorial, Ferrol y su comarca (conocida como Ferrolterra) han vivido de la construcción naval. Y si apuestas todo a una carta, tienes muchas posibilidades de perder. Ya en primer tercio del siglo XIX se produjo la primera crisis, debida a un parón en la actividad de los arsenales. En el XX, la cosa remontó y, hasta bien entrados los años 70, Ferrol fue una ciudad viva y próspera. Pero allá por 1982, los delirios europeístas de Felipe González lo llevaron a emprender una tosca reconversión industrial que provocaría despidos masivos en los astilleros.
En la actualidad, la tasa de paro de Ferrol asciende a un 33’3%, que supera a la de ocupación (32’3%) y crece a una velocidad de vértigo, por más que el ministro Montoro haya dicho que “hay carga de trabajo garantizada para mucho tiempo”. La mejor respuesta a este dislate es la siniestra y oxidada verja del astillero, donde cuelgan decenas de monos de trabajo que ya no valen para nada.
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Una ciudad desierta
El gallego no se queja, emigra. Y la falta de trabajo en Ferrol ha provocado una sangría demográfica imparable. La ciudad ha perdido más de 30.000 habitantes en las últimas décadas: en los años 70 rebasó los 100.000 y ahora no tiene más que 69.428. El resto se han largado a buscarse la vida. Dicen los innombrables Limonesen su canción ‘Ferrol’: “sé que aquí nací y aquí voy a quedarme”; y en verdad es un acto heroico permanecer en este lugar dejado de la mano de Dios.
Puede que en verano haya algo más de gente, pero salir a la calle en Ferrol una noche de, pongamos, noviembre, y darse un paseo por el centro es como meterse en el pellejo de Charlton Heston en Omega Man: no hay ni un alma por la calle, ni un bar abierto, ni un triste chucho… Un escenario, en fin, que solo los misántropos mas recalcitrantes somos capaces de disfrutar.
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Unos barrios en ruinas
Con la retranca propia de los gallegos y la crueldad de los pijazos, los coruñeses se refieren a Ferrol como “Vilapodre”, es decir, “Villa podrida”. Por desgracia, no les falta razón. Sobre todo por barrios como Canido o por Ferrol Vello, casco antiguo de la ciudad que sus propios vecinos han rebautizado como “pequeño Kosovo”, pues se encuentra en ruinas por conflictos irresolubles entre políticos, propietarios y buitres inmobiliarios. Solo un no-país como España deja que en una zona declarada Bien de Interés Cultural (por aquí pasa el Camino de Santiago) haya 8.300 viviendas deshabitadas que se caen a trozos.
Deambular por el casco viejo será una experiencia religiosa para los miembros del Club de Exploradores de Lugares Abandonados y demás gourmets del escombro. Pero para el común de los mortales, es como echar una partida al videojuego Silent Hill, con la diferencia de que aquí ni siquiera hay monstruos, solo alimañanas que también acabarán emigrando o muriéndose de hambre.
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Un comercio terminal
Desde 2010, unos 800 negocios ferrolanos han cerrado sus puertas. Los carteles de “se vende”“se traspasa”“liquidación por cierre” o las puertas de locales tapiadas, pintarrajeadas y llenas de hongos, se pueden ver hasta en las más céntricas calles peatonales.
Lo más parecido que hay en Ferrol a unos grandes almacenes es un pequeño y modesto Corte Inglés. El conato de centro comercial que se abrió en la zona conocida como el Inferniño tiene casi todos los locales vacíos. Y los ferrolanos prefieren gastar sus escasos dineros en el mall del cercano municipio de Narón, que tampoco es para tirar cohetes.
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Un pasado franquista
Hoy por hoy, Ferrol se llama “Ferrol”, aunque haya ministros (hola otra vez, Montoro) que se empeñan en seguir usando el viejo topónimo “El Ferrol”, que deriva de “El Ferrol del Caudillo”, nombre con el que se conocía a la ciudad hasta 1982. La razón, como todos sabrán, es que aquí nació Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios.
Y aunque ya hace tiempo que quitaron la estatua del generalísimo de la Plaza de España para esconderla en el Arsenal Militar, la placa de bronce conmemorativa sigue instalada en la fachada de la casa natal del caudillo, que se ha convertido en una meca de peregrinación antifascista, para tirar pintura a las paredes o arrancar de cuajo la placa.
Pero pese a su pasado, franquista, en Ferrol han gobernado todos los partidos habidos y por haber… y todos han fracasado en la titánica tarea de resucitar la urbe. En las últimas elecciones se llevó la alcaldía la marea de Ferrol en Común (IU, Podemos y Anova), en pacto con PSOE y BNG. A juzgar por su caótica forma de gestionar la reciente Crisis del Agua que dejó a Ferrol seco durante varios días, poco cabe esperar de ellos.
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Una geografía remota
El fatídico martes 13 de enero de 1998, un fuerte temporal provocó que la gigantesca plataforma petrolífera Discoverer Enterprise, que estaba anclada en los astilleros ferrolanos, soltase sus amarras y se empotrase contra el puente de As Pías, que en ese momento era el principal punto de unión entre Ferrol y el resto de España. El mar se llenó de casquetes, que aplastaron toneladas de marisco, y la ciudad quedó aislada durante meses: pese a la visita del por entonces presidente de la Xunta (el exministro de Franco Manuel Fraga) y a la repercusión internacional del siniestro, los ferrolanos sintieron más que nunca que vivían en el culo del mundo.
Mientras se apañaba el cataclismo, los automovilistas que querían entrar o salir de Ferrol se veían obligados a dar un rodeo de 20 kilómetros por carreteras comarcales. Eso sí, gracias a este accidente se aceleró la construcción de la autopista que hoy permite a los parados escapar más rápidamente de la ciudad. Aunque, tal y como está el patio en España, mejor les irá si emigran allende los mares.
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Una ría de mierda
La ría de Ferrol es la más contaminada de Europa, muy a pesar de las inyecciones de dinero (que el diablo sabe dónde estará), la instalación de depuradoras o las visitas de inspectores europeos que encanecen con el estado de las aguas. Para suavizar la cosa, los quitamierdas del Partido Popular Europeo se las apañaron para borrar del informe conceptos como “situación dramática”.
Pero solo hay que darse una vuelta por los dos modestos paseos marítimos que existen en la ciudad e inspirar profundamente cuando baja la marea, para darse cuenta de que allí no huele a mar, sino a cloaca, y que en sus pantanosas aguas chapotean más roedores que crustáceos. Es lógico, y no solo por los desechos orgánicos que expulsan los ferrolanos, sino también por los vertidos tóxicos de corporaciones como Navantia, Megasa o Reganosa. De los furtivos que marisquean en estas pestilentes aguas no hablo, que me da cagalera.
Este artículo incluye residuos, chapapote y desperdicios de Visiones de FerrolterraDiario de FerrolEl Confidencial y La Voz de Galicia
Dildo de Congost es fundador del Club Orgullo de Ferrol.

Manifiesto 8M Afroféminas

Manifiesto 8M Afroféminas – Afroféminas



Manifiesto 8M Afroféminas

Hermanas y aliadas,  este año ha sido de profundas reflexiones, cuestionamientos y acciones antirracistas. Como Afroféminas asumimos el compromiso político, de continuar tejiendo debates y acciones en intersección con  las distintas formas de opresión que atan nuestras voces, cuerpos, experiencias y saberes. 
Este 8M no vamos a la huelga. Esta decisión parte de un análisis  colectivo que tomamos de manera consciente y desde nuestra ética política, asumiendo nuestra disidencia, como un acto de rebeldía negra. Como en tiempos de la esclavitud, asumimos el palenque, quilombo y cimarronaje, como un espacio otro, distinto a la política de inclusión  de las mayorías. Es decir, la huelga como idea universal no arropa nuestras pieles, trayectorias y existencias. Tanto en el método de lucha, la huelga, como en las demandas del 8M no se reconoce la profunda marca de la raza en el género. Sin embargo, enfatizamos que respetamos y valoramos la decisión de otras hermanas que desde sus políticas personales – colectivas participan en la huelga. El 8 de marzo, sigue siendo una fecha memorable y emblemática para nuestras luchas, sobre todo para las que habitamos un cuerpo negro, diaspórico, migrante y/o racializado. 
Las razones que motivan la huelgan no nos arropan. Si bien se han abierto espacios de discusión y reflexión del racismo, al feminismo eurocéntrico – blanco le  queda un largo camino en cuanto a transformar las filosofías, las estrategias, la acción política y las formas de “abrazar”, a ratos encarcelar los feminismos otros. Para nosotras esa transformación, parte de una materialidad o posición enraizada en nuestra historia feminista negra. Por tanto, como el año pasado,  tenemos muchas razones – sentires, por la que no vamos a la huelga. 
Los porqués a nuestra decisión tienen raíces en heridas profundas.
La sociedad transita su camino, sin atender a nuestras necesidades, y quiere pasar página sin que le interfiera nuestra verdad. Pretende que con gestos se destruyan realidades que no son abordadas.
Las mujeres negras, oprimidas, olvidadas, cosificadas, ignoradas, hipersexualizadas, atacadas e invisibilizadas, no somos un ente subsidiado y sin identidad. Somos y convocamos a muchas mujeres negras, racializadas y/o migrantes detrás de nuestra lucha. El orgullo ha vencido a la postración y la lucha al conformismo. No podemos pasar por alto las realidades de nuestra gente, que sufre un racismo, a veces mudo e invisible, otras veces brutal y evidente.
Creemos firmemente en que la deshumanización de la mujer racializada es un problema estructural que no se resuelve con este gesto de la huelga. 
La brecha que sufren hoy las mujeres negras es la racial y condiciona sus vidas en todos los ámbitos. Esta es nuestra urgencia y nuestra prioridad. Hoy ser negra, racializada y/o migrante en España impide que accedas al mercado laboral con igualdad de condiciones. Nuestra brecha laboral es mucho más alta que la de las mujeres blancas. Mujeres afrodescendientes con igual formación no pueden ni siquiera tener la oportunidad de ejercer para lo que han sido formadas porque su piel elimina su candidatura al instante en una selección de trabajo. Sabemos que esto es así porque lo vivimos constantemente. 
Ser mujer negra te somete a un mayor riesgo de ser agredida y violentada. La percepción racista que se tiene de las mujeres negras y racializadas, la imagen de no persona, tiene que ver con este racismo estructural que combatimos. Las agresiones las sufrimos a diario, pero no solo vienen de los hombres. 
Ser mujer negra o racializada te coloca en una posición de constante extranjerización y no pertenencia, por lo tanto, en una sociedad que camina sin frenos hacia el odio al diferente, es una persona sin derechos.
No olvidamos las muestras de apoyo e invitaciones de muchos colectivos feministas que durante este tiempo han hecho por comprender y que han querido escuchar nuestras razones. Los sectores más dinámicos del feminismo siempre han mostrado respeto y empatía y como aliadas reales se lo agradecemos. Pero desgraciadamente en el feminismo sigue habiendo un enorme prejuicio hacia nuestro colectivo, y que no comprenden que hayamos emprendido nuestro camino. Las agresiones hacia muchas de nosotras en espacios feministas demuestran que no podemos, no debemos ni queremos estar. 
Seguimos siendo tratadas como ciudadanas de segunda, en los paneles de ponencia y espacios feministas encontramos afirmaciones que continúan perpetuando el racismo e invisibilizando las opresiones producto de este. Entender que No “todas somos iguales” y que en esa diversidad existen distintas demandas y formas de luchas, es fundamental para eliminar los patrones de racismo social estructural, y perpetuar el modelo de homogeneización, que nos invisibiliza. 
Rechazamos frontalmente el mandato de participación. Exigimos se respete nuestra decisión y la de otras colectivas hermanas, como nosotras respetamos. Que la elección y no elección de participar en el 8M sea de libre convicción, y no se utilice como justificación para ejercer violencia contra las mujeres negras y racializadas que han decidido no ir pese a la disposición mostrada en los últimos tiempos. 
Creemos en la autonomía, en la necesidad y urgencia de organizarnos para sostenernos, para fortalecernos entre nosotras. Estamos creando espacios de oposiciones, en los que nuestros problemas-luchas son nombrados y representados por nosotras mismas. Somos sujetas políticas, diversas y conscientes, nos acuerpamos para sanar, para sacar nuestra voz; para crear y transfromar(nos), respetando cómo las hermanas y aliadas se organizan. Nosotras vamos a seguir generando espacios que nos permiten trenzar juntas el  mundo que deseamos, si bien este 8M desde afroféminas hemos decidido NO participar en la huelga.

Brasil: ¿cómo reconstruir el Partido de los Trabajadores?

Brasil: ¿cómo reconstruir el Partido de los Trabajadores?



El Partido de los Trabajadores tiene una oportunidad para convertirse en la opción progresista al Gobierno de Bolsonaro, pero debe volver a conectar con las bases. 
Luis Ignacio Lula da Silva ganó las elecciones brasileñas en 2006 con 58,3 millones de votos. Había batido el récord. Fue la mayor votación de todos los presidentes de la historia democrática de Brasil. Al acabar su legislatura abandonó Brasilia con una popularidad del 87% según los últimos datos recogidos por el Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadística (IBOPE). Otro récord. Doce años después, Lula está en la cárcel y Jair Bolsonaro, al que muchos denominan el anti Lula, llegó a Brasilia con 57,7 millones de votos. Ni Brasil es el mismo ni tampoco lo es el Partido de los Trabajadores (PT). Los dos grandes retos a los que el PT se enfrenta en 2019, 39 años después de su creación, son un antipetismo galopante en la sociedad y el futuro posterior a Lula.
De acuerdo con los números, el PT no ha salido derrotado de esta elección. Fernando Haddad obtuvo el 44,87% de los votos, con 56 diputados los petistasconsiguieron el mayor grupo parlamentario del Congreso y además el PT continua hegemónico en el noreste, donde, por ejemplo, ya en el primer turno, Rui Costa consiguió el gobierno del importantísimo estado de Bahía. Sin embargo, el antipetismo ha sido el gran vencedor del pleito, este sentimiento viene forjándose desde 2016, el año de la destitución de la presidenta Dilma Rousseff. Bolsonaro sabía de esta gran baza y construyó su campaña en la demonización del Partido.
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Manifestación contra Dilma Rousseff, Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores en Brasil. (NELSON ALMEIDA/AFP/Getty Images)
Son varias las razones de este rechazo, que se propagó como la pólvora por la sociedad brasileña. La primera es que los brasileños culpan al PT por la crisis económica que comenzó en el segundo gobierno de Dilma. La segunda viene derivada porque en 2012 la operación Mensalão colocó a altos cuadros petistas en la cárcel. Años después, Lava Jato vuelve a poner el centro de atención en el Partido. Para gran parte de la prensa y de la sociedad brasileña estaba claro que los petistas eran el mayor grupo corrupto del país. Traición es la palabra que más repiten aquellos que hoy votan a Bolsonaro, pero habían votado al PT durante años: “¿Cómo voy a votarles de nuevo si son todos corruptos y han hundido a Brasil en su mayor crisis? Yo creí en ellos pero nos han traicionado a todos”, dice Patricia, de 56 años, empresaria que votó a Lula y a Dilma, pero defendió el impeachment y hoy repite las fórmulas antipetistas con fervor. La tercera razón, es que este sentimiento tiene otro factor explicativo, una de las herencias más terribles que el país carga sobre sus hombros, la desigualdad. La mayoría de los votantes de Bolsonaro son de clase media y alta. El presidente obtuvo hasta el 75% de los votos en los municipios brasileños con renta media y alta, pero no llegó al 25% en las localidades más pobres. Fernando Haddad prevaleció en 9 de los 10 municipios más pobres. La diferencia de voto definida por la clase económica se repite cuando nos fijamos en el marcador racial. En 9 de cada 10 ciudades con mayoría blanca ganó Bolsonaro. En 7 de cada 10 con mayoría no blanca ganó Haddad, según datos del Tribunal Supremo Electoral. Existe una cuestión social muy nítida en un país tan desigual como Brasil y sin la cual no se puede entender prácticamente nada: el desprecio por el pobre. La marca por la que todo el mundo reconoce los gobiernos petistas fueron las políticas públicas de complementación de renta, como la famosa Bolsa Familia, y las acciones afirmativas que permitieron que 36 millones de brasileños salieran de la miseria (de acuerdo con la información publicada por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística -IBGE), compraran una lavadora, un frigorífico, frecuentaran centros comerciales, aeropuertos y universidades, los lugares que los habitantes de las periferias y favelas nunca habían ocupado. El porcentaje de negros en las universidades federales, que forman gran parte de la élite del país, dobló de 5,5% en 2005 a 12,8% en 2015 (según datos del IBGE), gracias a los programas de cuotas raciales en la enseñanza superior pública. Muchos no perdonaron. “Esa Bolsa Familia sólo es una forma de financiar a los perezosos y pobres de este país que no hacen nada. ¿Y esa cosa de las cotas? ¿Los negros quitando el espacio de mi hijo? Para nosotros, la clase media, nada. ¿Quién gobierna para nosotros que somos los que pagamos impuestos?”, señala Karen que es empresaria. Tiene 40 años. Vive en un barrio de clase media en São Paulo y dice lo que todos sus vecinos opinan. La misma clase media (el IBOPE señala que el 49% de la población brasileña pertenece a la clase C, o clase media, aquellos con renta media de 1 a 3 sueldos mínimos cifrado en 998 reales) que había votado a Lula porque pensaba que podría mejorar el país, se dio cuenta de que las políticas de ascensión social para los más pobres, que también enriquecían a los más ricos, atacaban su posición. En tiempos de crisis económica, cuando el tamaño del pastel se hace cada vez menor, el resentimiento de clase surge a raudales. Lo más curioso es que aquellos que habían sido beneficiados por las políticas petistas y consiguieron mejorar la vida hasta llegar a integrar las llamadas nuevas clases medias, adoptaron el mismo discurso de las clases medias tradicionales (el IBGE asegura que durante los dos gobiernos Lula, 30 millones de brasileños ascendieron de las clases E y D (los más pobres) a la clase C, configurando el contingente de la nueva clase media). El Partido de los Trabajadores esperaba de ellos fidelidad. No la obtuvo. En el imaginario colectivo el PT pasó a ser el partido de los pobres que gobernaba contra las clases medias y nuevas clases medias. El último motivo fue que el PT perdió la clase media pero también hubo sectores de las clases populares que votaron a Bolsonaro, y esto supone algo dramático para un partido que construyó su base política entre los más pobres. Para entenderlo hay que analizar el papel de las iglesias evangélicas, especialmente pentecostales y neopentecostales, que tienen en los más pobres su público favorito. Desde 2014, el discurso de los pastores dentro de muchas iglesias fue una crítica moralista fuerte al Partido, construyendo la idea de que este atacaba la familia tradicional, la religión y los valores cristianos (el número de evangélicos creció 61% en los últimos 10 años de acuerdo con los datos del IBGE).
Para recuperar los votos de la clase media el PT debería atacar el tema de la corrupción, pero no parece dispuesto a dar ejemplo en este sentido, porque, según su lectura, aceptar su papel en los escándalos supondría aceptar que el impeachment a Dilma Rousseff fue legítimo y que la prisión de Lula fue justa. Ambas son cuestiones por las que los líderes petistas no van a pasar. La retórica del golpe y de la prisión ilegal de Lula seguirán acompañando al Partido. Para la clase media tradicional también es muy importante el desafío de la seguridad pública. Bolsonaro representa la salida del populismo penal y la mano dura, pero el PT no tiene una propuesta clara para este tema prioritario que atormenta a los ciudadanos. A pesar de que las clases populares sufren mucho más la violencia, esta siempre ha estado más relacionada con las preferencias electorales de la clase media debido a una intensa criminalización de la pobreza y de la población negra y periférica que siempre ha permeado la política brasileña.
El PT tiene dos desafíos para recuperar los votos de los más pobres. El primero será construir la oposición a las medidas gubernamentales de ajuste fiscal, corte de gastos públicos y disminución del presupuesto en políticas sociales que están en la agenda del ministro de Economía, Paulo Guedes, y que supondrán un duro golpe para aquellos que necesitan la ayuda del Estado. El segundo, mucho más complicado, será reconectar a los pobres de las regiones sur y sureste del país y entender que ya nadie gobierna Brasil sin las iglesias evangélicas y sin tener una estrategia sobre el discurso moralizante de las mismas. Por ejemplo, grandes sectores de trabajadores industriales, que formaban los nichos electorales lulistas, ahora se apartan de la lógica sindical y se acercan a la lógica de la Biblia. Dentro del partido la consigna es clara, “tenemos que reaproximarnos a las bases”, “abandonamos nuestras bases y debemos volver a ellas”. Por un lado, la base electoral popular lulista ha cambiado y el PT enfrenta dificultades para entender y analizar estos cambios. Por otro, el Partido pasó mucho tiempo lejos de la gente ocupado con la logística del poder y la gobernabilidad en Brasilia. Volver a acercarse a las periferias, las favelas, los negros, las fábricas o los trabajadores no será tan fácil. Sobre la nueva clase media, tal vez la cuestión más complicada que enfrenta el petismo, y que ya se comenta intrapartidariamente, sea contrarrestar el discurso de la meritocracia y el individualismo que lleva a estos grupos a no reconocer el papel de las políticas públicas petistas, de las cuales se beneficiaron, e inclusive a rechazarlas.
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Partidarios del candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, en Sao Paulo, Brasil. (Victor Moriyama/Getty Images)
El Partido no puede asumir estos desafíos sin un líder. Fernando Haddad, indicado por Lula, quien fuera ministro de Educación y alcalde de São Paulo, podría ser una buena opción porque es un líder joven, no está contaminado por la corrupción y tiene una gran preparación. Su problema es que es mejor gestor que político y que nunca ha sido reconocido como un hombre de partido. Siempre ha estado distante de los grandes nombres, los que manejan los bastidores. La otra opción puede ser la actual presidenta del PT, Gleise Hoffmann, lo opuesto a Haddad. Ella no representa nada nuevo en política y además ha estado envuelta en problemas de corrupción, sin embargo, Hoffmann, es mujer de partido y está en su cima más alta. Dado que muchos de los líderes históricos petistas han estado en prisión o permanecen en ella debido al Mensalão o la Lava Jato (figuras clave en el nacimiento del PT y sus primeros gobiernos como José Dirceu, José Genoino o Antonio Palocci), Hoffmann ha asumido el papel protagonista del partido, transformándose en su referencia y en el rostro más visible sobre todo desde la prisión de Lula. Sea quien sea la persona que asuma este liderazgo, habrá de conducir al Partido en una nueva etapa, el poslulismo. Hasta ahora Lula lleva sobre las espaldas dos condenas, una de 12 años y otra de 12 años y 11 meses, ambas por corrupción pasiva y lavado de dinero. Faltan seis procesos más. Muchos ya especulan que tal vez Lula no salga más de prisión. El problema es que el PT y Lula se confundían. Un líder histórico, carismático y bajo cuya sombra orbitaba todo el partido. Lula, la gran fortaleza del PT, pero también su gran debilidad, porque su hiperpersonalismo no ha dado opción real a otros líderes. Ahora no hay otra. El Partido debe superar a Lula y al lulismo.
Corrupción, crisis económica, cuestiones morales, abandono de las bases. Muchos retos pero varios ases en la manga. El PT es hegemónico en la izquierda brasileña, cuenta con una importante militancia, con la región noreste de Brasil y, de momento, es la única opción real de oposición progresista al Gobierno de Bolsonaro. Ahora todo dependerá de si sabe jugar con inteligencia en la oposición y de si cumple con el mantra que tanto se repite en las reuniones internas: “volver a las bases”.

A. C. FUCO BUXÁN