Los heredé, no hace tanto, de mi yerno. Son dos tanques enormes, dos cuevas del Dragón en paralelo, negros como el carbón, donde los pies se sienten cual reyes del espacio. Érase que era una tarde de otoño cuando, en espera de que vinieran a buscarlo, cierto abuelete recién estrenado ocupaba paisaje, repanchingado, a la bartola, sobre emplazado banco. Mientras su fatigada vista buscaba alguna mosca libre en que fijarse, fue a detenerse, durante un instante, en un borroso grupo humano, situado a unos cincuenta metros de distancia. Y de pronto, de aquel círculo mágico, pareció desprenderse, emanar, una criatura (a seis años, me parece, no llegaba), la cual, corta pero no perezosa, comenzó a caminar hacia donde me encontraba. Parecía…Parecía semisuma llevando de El Principito y el Príncipe Valiente; “¿Dónde vas, Iago…?”, oí que le llamaban. ¿Que adónde iba…? A plantarse justo frente a mi hirsuta mole e, impertérrito, empezar a estudiarme atentame...
BLOG DE OPINIÓN DA ASOCIACIÓN CULTURAL FUCO BUXÁN