Turquía y Siria, frente a frente (y los kurdos de por medio)

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Turquía y Siria, frente a frente (y los kurdos de por medio)





Turquía y Siria, frente a frente (y los kurdos de por medio)

16 octubre 2019 
Categoría: Recep Tayyip Erdogan Siria Turquía
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Tropas turcas en la ciudad de Manbij en el norte de Siria, octubre 2019. AREF TAMMAWI/AFP via Getty Images
Cuatro preguntas clave para entender los cálculos estratégicos turcos tras la acción militar llevada a cabo contra los kurdos en el norte de Siria.
¿Por qué una operación militar turca en Siria? Muy sencillo. Al menos, superficialmente; la respuesta es Kurdistán. Es decir, Turquía no quiere tener una entidad-región kurda (Royava) que considera terrorista al otro lado de la frontera, en Siria. Como tampoco en Irak, también limítrofe.
No desea una frontera porosa, permeable, para todo tipo de individuos armados que puedan atentar contra sus intereses. Sobre todo cuando puede suponer un coladero para que militantes del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán, aliado de la milicia kurda de las Unidades de Protección Popular, YPG, en Siria), que puedan llegar al sureste de Turquía, de mayoría kurda, y convertirlo —todo junto— en un amplio territorio insurreccional.
A saber, la zona tampón que Ankara pretende crear y, de hecho, ya está manufacturando estos días, supone una separación entre dos amplios territorios de mayoría kurda. En medio instala una gran área que desea ver repoblada con fuerzas a favor de Ankara, es decir, sirios árabes que sirvan como freno, como contención. O por (otras) fuerzas islamistas que se muestren agradecidas a Ankara como son, por ejemplo, milicianos del Ejército Libre Sirio (ELS), actuales aliados de Turquía contra el régimen de Damasco.
Aprovecha así Recep Tayyip Erdogan, el presidente turco, el vacío dejado por la desintegración del Estado sirio, causada por una guerra que dura 8 años y que ha costado la vida a medio millón de personas. Hasta ahora. La cuenta sigue.
Y de paso intenta reubicar a uno o dos millones de refugiados sirios —de los 3,6 que, dice, han encontrado cobijo en Turquía (aunque la cifra es exagerada y Erdogan haya utilizado a menudo a los refugiados como moneda de cambio con la UE)— en su país de origen.
Su paso ha conmocionado y disgustado a la opinión pública internacional —que ahora, caída del cielo, alma de cántaro, despierta su celo por la integridad territorial de Siria y la protección de la población civil—, pero Ankara se atendrá a los hechos consumados. O eso pretende.
Y uno de los hechos más cruciales que intenta lograr es la reubicación de los refugiados árabe-sirios. Este objetivo no se debe tanto a protestas de turcos contra los sirios (por causas como la saturación del mercado laboral, por ejemplo), que también, sino que se busca sobre todo una nueva política demográfica en Siria. Y ella es vital de cara a una futura negociación de un nuevo mapa del país vecino.
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Civiles huyen del enfrentamiento armado entre las tropas turcas y los kurdos sirios, octubre 2019. DELIL SOULEIMAN/AFP via Getty Images
¿Existen otros motivos? En realidad, ahora mismo el sueño del Kurdistán no es más que eso, una quimera, un ente ficcional, puro imaginario, puesto que las diferentes milicias kurdas abrazan proyectos de autonomía y no separatistas, además de estar extenuadas tras años de lucha en diferentes frentes. Por otro lado, sin el apoyo de Washington, el Kurdistán es poco menos que imposible. Y el presidente estadounidense, Donald Trump, ha decidido hacer las maletas e irse de la zona (a pesar de que todavía queda algún contingente estadounidense perdido en la región).
Así las cosas, la operación militar turca tiene sin duda sus riesgos, pero hay otra óptica de importancia en juego, que es más bien de política local, vista desde dentro del país euroasiático. La guerra, en Turquía, un país creado a sangre y fuego, supone una argamasa nacional muy eficiente políticamente. Sobre todo porque desde su fundación se sintió —y con razón— amenazada por potencias extranjeras.
Y la narrativa sigue, como ejemplifica uno de los columnistas de cabecera en Ankara, Ibrahim Karagül, que califica a la actual operación militar turca como “la más crucial intervención geopolítica de la historia política turca”, puesto que una Turquía “arrinconada” estaría luchando contra un “frente multinacional”, teniendo siempre en cuenta que existirían “proyectos de mapas dirigidos a la región” y que “un [nuevo] mapa que excluya a Turquía no puede ser diseñado —esto no pasará”.
Y en el frente doméstico: Erdogan, el líder turco más carismático después de Kemal Atatürk, el fundador de la Turquía moderna, sigue gozando de una gran popularidad y no ha perdido ninguna elección desde que llegó al poder como primer ministro en 2002.
Sin embargo, ahora, 17 años después (es el líder político en Europa que más tiempo permanece en el poder después del presidente bielorruso, Alexander Lukashenko), el jefe de Estado Erdogan ha visto por vez primera como en los comicios municipales de Estambul de este año su partido ha sido vencido y por goleada.
Esto ha supuesto críticas incluso dentro de su máquina de ganar votos —el proislámico AKP, Partido de la Justicia y el Desarrollo— y la creación de dos formaciones políticas que pueden resultar directamente competidoras.
Además, así aprovecha la paralela y muy oportuna retirada de las (escasas) tropas estadounidenses que estaban en la zona.
Lógicamente, ahora los kurdos se sienten traicionados, puesto que fueron carne de cañón contra Daesh, pero no es la primera vez que los estadounidenses les dejan en la estacada.
En todo caso, así, a los pies de los caballos, los kurdos han decidido dejar paso a fuerzas de Damasco y abandonar tierras que tanta sangre les había costado mantener.
Feliz por el paso, el Ejército Árabe Sirio ha ocupado más territorio en el norte de su propio país en un día que en los últimos tres años. Quedando además bien con los kurdos, que nunca se sabe, y los que quieran luchar, que se alisten al quinto cuerpo del Ejército Árabe Sirio, bajo control ruso.
Todo esto es una oportunidad única para cambiar de forma sustancial el mapa de Siria y, por extensión, el siempre frágil de Oriente Medio. Y que Moscú ocupe el lugar abandonado por Washington, algo que Ankara también ha decidido plantearse como oportunidad y reto.
Así que nada mejor para Erdogan ahora que una guerra para un rebranding de su propia imagen —que él espera exitoso a pesar de todos los riesgos que un conflicto de tales características conlleva.
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Soldado del Ejército sirio llegando a al ciudad de Tal Tamr, octubre 2019. DELIL SOULEIMAN/AFP via Getty Images
¿Qué riesgos son esos? Erdogan dice que está todo bajo control, a pesar de toda la lluvia de críticas internacionales que le ha caído debido a la operación. Pero frente a la pérdida de reputación, como si oye llover.
Y en su habitual tono displicente, ha amenazado a los países europeos con “abrir las puertas” a 3,6 millones de refugiados sirios para que entren sin control a Europa si no dejan de calificar la incursión militar como “invasión”.
Como si fueran las puertas del infierno, los portones que sí podrían abrirse son aquellos de las cárceles que encierran a decenas de miles de ex miembros de Daesh capturados por los kurdos. Puesto que en su huída, las milicias de la YPG están dejando a su suerte a los yihadistas y más de 2.000 de los fanatizados de la marea negra son europeos. Una vez liberados, parte de ellos bien puede intentar volver a sus países natales, un inminente peligro de seguridad. Y, por lo que sabemos, los motines, las huídas y las liberaciones ya han comenzado.
Y Erdogan tampoco se ha tomado demasiado en serio las críticas llegadas desde Estados Unidos, a pesar de los aranceles y sanciones impuestos. Abandonada su posición de árbitro, el turno de Washington ha pasado a Moscú: el Presidente turco actúa consciente de contar, dice, con su beneplácito, pero Rusia no parece estar muy de acuerdo. Dice el oso ruso, como si fuera un hermano mayor, que no es aceptable que el hermanito turco y el sirio se peleen.
Y, empero, el tener a fuerzas militares de Ankara y Damasco frente a frente bien puede desencadenar una guerra. Y como bien ha dicho el analista Alí Bayramoğlu, se trata de una que “se podría perder al final”.
Un enfrentamiento directo y continuado parece sin embargo improbable porque Turquía, debido al apoyo de Rusia a Siria, tendría las de perder. Unas negociaciones que den paso a un nuevo mapa de control de regiones dentro de Siria parece lo más factible. Por eso a Ankara no le interesa un alto el fuego que exige EE UU —socio en la OTAN— hasta que sus intereses estén salvaguardados.
Un analista experto en esta zona de Oriente Medio como es Fehim Taştekin ya dibuja un posible escenario postcese el fuego en el que gracias al diálogo entre las diferentes partes del conflicto ya se podría hablar de elecciones sirias para 2021.
Sea como fuere, todo lo que se anticipa ahora es que el nuevo mapa tiene a los kurdos casi excluidos…o como minoría indispensable que tener en cuenta para llegar a un acuerdo geopolítico y negociado en el futuro. Mientras Daesh emerge de nuevo como un factor a tener en cuenta en la zona.
Porque, pongamos que si todo sale bien ahora y Ankara consigue su zona tampón tal como desea, todavía queda el contencioso de los decenas de miles de prisioneros yihadistas como pesada e indeseada hipoteca, ¿cierto? Pues no tanto, ya que no hace mucho tiempo, en la época de atentados suicidas en Turquía, había más que sospechas de que el Gobierno turco hacía la vista gorda frente a Daesh si esto favorecía a sus intereses. Y recordemos que aquellas masacres se dirigían principalmente contra kurdos, alevíes, miembros de la izquierda, “infieles”; todos también tradicionales enemigos del islamismo turco.
Y recordemos cómo además la frontera turca hacia Siria e Irak había resultado particularmente porosa cuando precisamente se trató de edificar el autoproclamado Estado Islámico.
Todo indica algo que es un secreto a voces en Turquía: que durante años Daesh ha podido llegar a acuerdos con Ankara y, sobre todo, con sus fuerzas de seguridad siempre que se tratara de defender intereses comunes. El periodista de investigación Ismail Saymaz ya probó con documentos oficiales turcos (judiciales, del ministerio del Interior, etcétera) cómo detrás de estas sospechas —indicios y hasta pruebas— se halla algo temible e inquietante.
Y la opinión pública y la oposición, ¿qué piensan de todo esto? Bueno, Erdogan tiene un concepto de la democracia, digamos, francamente mejorable. No persigue tanto un “nuevo otomanismo”, sino la pura autocracia con barniz democrático y, como en otras latitudes, no entiende (porque no le interesa) lo de la necesidad de la separación de poderes, sus controles, una prensa crítica o el respeto a minorías. Eso de la democracia es, para él, simplemente, un concepto que parte de la mayoría de la población traducida en voto como “pueblo”.
Y a eso, a fortalecer el voto amigo, se ha dedicado con ahínco en los últimos años, en especial después de la intentona de golpe de Estado en 2016. Esto conlleva asimismo acallar, en la medida de lo posible, a toda oposición que se precie.
Por eso apenas queda nada de los conglomerados mediáticos que antaño hicieran tanta oposición. Ni siquiera el grupo Dogan —con cabeceras históricas como los periódicos HürriyetMilliyet o las cadenas KanalD o CNNTürk— se han librado de la criba, por no mencionar al mismísimo diario fundado por Atatürk, el Cumhuriyet (República).
Ahora, por ejemplo, si se atiende a la lista de los periódicos más leídos en Turquía, constataremos que de los medios con más tirada solo el Sözcü (Portavoz) se mantiene arriba como opositor. Pues bien, ni siquiera este diario nacionalista-turco es contrario a la guerra. Al contrario, se muestra belicista como el que más.
La tendencia es clara: la popularidad de esta guerra es todavía mayor que la de Erdogan y la razón es sencilla: todo lo que suponga un arremeter contra el PKK —desde que se levantara en armas en 1984, su conflicto con el Estado turco ha costado ya unas 40.000 vidas—es bienvenido en Turquía.
Para encontrar periódicos que se expresen claramente en contra de la guerra (o al menos sean críticos en su cobertura) en quiosco hay que empezar desde abajo, con el diario socialista BirGün (Un Día) que apenas vende unos 7.000 ejemplares al día (en un país de 80 millones de habitantes) y el aleví-socialista Evrensel, apenas 5.000. Sentado lo anterior queda claro qué poco hueco tiene una opinión pública en Turquía que no sea belicista.
En realidad, la presión sobre medios opositores ha sido tan grande que apenas quedan otros tantos en Internet. Se mantienen, por ejemplo, DuvarMedyascopeDiken o T24.
En resumen, en Turquía todo lo que no sea apoyar la guerra se convierte fácilmente en ser sospechoso de estar a favor del PKK, por lo tanto, del terrorismo.

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A. C. FUCO BUXÁN